OPINIÓN. Solos ante la impiedad de la guerra (Por Adriana Flores)

0
174

A inicios de este mes se reeditó un gran libro de autor arequipeño, Los Juegos Verdaderos, de Edmundo de los Ríos (1944-2008), que a los veinticuatro años dio muestras de su genio narrativo al concluir “la novela que –según Juan Rufo– inicia la literatura de la Revolución en Latinoamerica”.

En las décadas del 60 y el 70, la guerrilla alentaba quimeras en las mentes de los jóvenes ganados por las utopías de izquierda y por el ejemplo de la revolución cubana. De los Ríos vivió esta realidad, pero hizo de ella una excusa para crear una refinada novela, conmovedora y urdida a la perfección. El relato avanza en tres planos temporales distintos: la infancia, la adolescencia y la primera juventud de un grupo de muchachos. Lo más impresionante es que la mano del artesano se nota como la de un consumado maestro y no como la de un muchacho de 23 años, la edad que tenía Edmundo de los Ríos cuando la escribió.

La reconstrucción de la infancia, de la adolescencia y de la edad de las “primeras decisiones impostergables” está barnizada de nostalgia. Esa memoria plantea un enfrentamiento entre la ingenuidad infantil y la responsabilidad juvenil frente a una sociedad desigual que los reprime. La utopía de la infancia la simboliza la pandilla Los Halcones Negros, una tribu de niños y adolescentes del Vallecito, un lugar –en aquellos años– situado en el límite de la ciudad y el campo. Los jóvenes halcones van a los trigales, arman aviones, festejan partidos de fútbol, se enamoran. Este primer lugar feliz, esta utopía dejada atrás en el tiempo e irrecuperable, acaba con una muerte:

“Kike volvió a gritar más fuerte:

—Señor Tuerto Zorco quiero ser su amigo— amigo de mi mierda, toma para que escarmientes, malparidos, creo que mejor sería que me fuera, no creo que bromee, tal vez no entiende, a ver si vienen otra vez a robar el trigo, sinvergüenzas, jodan a sus abuelas, la bandera creo que/ cuando todo se tornó blanco y otra vez la bola, amarillo intenso, la honda, el sol, la piedra, las palabras, la bola tapando el cielo, amarillo girando frente a la cabeza y todo rojo y la caída.

Los Halcones Negros se ven obligados a abandonar su lugar feliz violentamente, es un aprendizaje doloroso que los dispersa; sus trayectorias, sus vuelos, no volverán a cruzarse hasta que suceda otro hecho lleno de violencia, otra muerte mucho más fuerte, un golpe que esta vez los congregue. Desde aquí inicia la etapa que algunos, hablando también de Edmundo de los Ríos, han llamado de “las decisiones impostergables”, es el comienzo de los juegos verdaderos.

El joven universitario sin nombre, que es el personaje principal, se enfrenta a dudas permanentes, no quiere dejar a su madre, pero a la vez desea luchar por su patria sometida por gobernantes indignos y corruptos, quiere vencer al monstruo autoritario  quimérico en una lucha sin igual. Enardecido, ganado por la emoción de la utopía impostergable, decide enrolarse en la guerrilla. Manuel, su compañero, está junto a él en ese camino de lucha. La decisión que toman ambos de dejar atrás su vida estudiantil es inapelable, ahora ya no son jóvenes universitarios, ahora son dos hombres solos ante el mundo, ante la impiedad de la guerra, no hay diminutivos, no es guerrilla es la guerra cruel, despiadada con la que se han topado:

—Manuel, ahora estamos solos ante el mundo.

—No digas nada. Y no diré más, porque Manuel sabe que las lágrimas se vienen más pronto cuando las palabras nos tocan las fibras del alma. Y ni diré más. Callaremos, bastante todavía callaremos.

La incertidumbre que se presenta ante ellos los inquieta y los conmueve. Este último plano, el más importante indudablemente, toma un tono más grisáceo, lleno de sufrimiento, y una caída agresiva.

Las ratas son un símbolo recurrente para describir el padecimiento, dolor, angustia, tortura y demencia del guerrillero. La victoria de ellas conlleva el fin de rastro humano, la consumación de los juegos verdaderos.

El cuerpo del guerrillero tiembla en espasmos terribles. De la nariz le brota un grueso hilo de sangre. Humberto le limpia la sangre. No quiero morirme, no quiero no debo, no hables, ten calma, ya falta poco […] Humberto lo sacude, impotente ante el final, grita:

—¡No te mueras no te mueras! […]

Una rata enorme, rata negra, rata de rabo largo como látigo, salta bruscamente al catre. Avanza cautelosa, deteniendo el paso, dudando, calculando posibilidades, olfateando. Avanza. Sus ojitos son puntas de puñales. Acecha. Se detiene junto a la cabeza ladeada del cadáver. Mira el techo, agita sus orejillas y clava sus filudos dientes en los labios del guerrillero muerto.

La ficción de los juegos nos lleva a tomar decisiones, sin embargo, sabemos que ellas no nos acarrearán pérdidas, es una mentira, existen vidas sin fin, como en un videojuego que mueres y vuelves a empezar cuantas veces quieras desde el lugar donde te quedaste en la aventura. Tomes la decisión que tomes, sigues en carrera sin problemas. Pero la vida no es así de simple, está construida en base de decisiones que marcan nuestra existencia, decisiones ingenuas de los Halcones Negros que mancharon su infancias y originaron la muerte de Kike; decisiones apresuradas del Negro yendo a Pucallpa para poder mantener a sus hijos; y decisiones fatales que llevó a ese integrante de los Halcones Negros, el joven universitario, el guerrillero, a la muerte.

Escrito por Adriana Flores Ramos (24 años, estudió Literatura y Lingüística en la UNSA. En el año 2013 ganó los juegos florales Aletheya categoría Cuento Infantil César Vega)