OPINIÓN. Ser divertido, sin ser estúpido (Por Johan Cano Valencia)

0
272
(Imagen referencial tomada de internet)

El humor es una de las cosas más complicadas de hacer. Un buen humorista tiene un tacto fino. Debe tener la empatía suficiente para saber qué le divierte al público y qué le puede resultar ofensivo. El verdadero cómico requiere de un gran manejo del lenguaje para poder utilizar las significaciones del mismo sin resultar vulgar y para lograr la claridad suficiente que necesita la comprensión del resto. En suma, ser alguien gracioso puede ser una tarea más que difícil.

Resulta complicado poder manejar un buen sentido del humor sin hacer el ridículo. En varias ocasiones, se falla en alguno de los requisitos y se cae en el chiste corriente, se pasa al insulto. Para evitar esto, es fundamental tener como brújula al oyente. Se necesita poder captar las reacciones del interlocutor, tenerlo siempre como guía y entrar en sintonía con él. Esto se vuelve mucho más difícil cuando la comicidad se hace para varios.

El problema es que no todos se ríen de lo mismo. El sentido del humor de las personas puede obedecer a cosas diferentes. Para dedicarse al humorismo, urge aún mucho más arte. Se debe llegar a la democracia del chiste: hacer reír a las mayorías, sin que se transgreda a las minorías. Este es el “Waterloo” de varios que caen en el atropello de algunos para la risa de muchos.

Se trata de una línea muy sutil. Se hace complicado para algunos entender esa delgada separación entre lo estúpido y lo gracioso. Ejemplos de estos fracasos cómicos son las bromas del insulto, de la ofensa. Se cae en la parodia burda y vulgar, y se olvida la ética del humor. Se echa mano a lo gracioso para justificar ideas deplorables como el racismo, el machismo, el egoísmo, etc. Lo cierto es que amparados en la zona del humor también se cometen atropellos.

Si todavía no ha entendido la diferencia, aquí le ponemos algunos ejemplos. Es divertido jugar fútbol con los amigos, pero es estúpido hacerlo en la sala de la casa; es gracioso bromear con los compañeros, pero es imbécil insultarlos con apodos que los hacen sentir mal; es risible ver algunos errores humanos, pero es enfermo reír con el dolor ajeno.

Después de haber comprendido esta diferencia. Háganos un favor y ayude a marcar más las distancias. No avale con su risa lo que es incorrecto.  Defienda la idea de ser divertido, sin ser estúpido. También así podemos educar y extirpar de la sociedad tantas ideas que solo nos degradan como seres humanos. Para reír también hay que saber cómo hacerlo. Reír también puede convertirse en una forma de educar.

Artículo escrito por Johan Cano Valencia, licenciado en Literatura y Lingüística, editor de la sección de cultura de HBA, columnista del diario Sin Fronteras y profesor de secundaria.