OPINIÓN. Arequipa en los años maravillosos (Por Fernando Taco Mendoza)

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“Antes Arequipa era verde y tranquila. Era más chévere” me dijo un amigo taxista cuando, en medio de un terrible embotellamiento, vio una de las ya casi extintas chacras que adornan nuestra ciudad.

“De chibolos jugábamos ahí con mis patas. Había árboles grandes, muy altos. Y no estaban esas rejas. Te metías normal” me cuenta, mientras esperamos que los autos, que nos hacen sentir prisioneros bajo el sol, avancen. “Trepábamos, le robábamos manzanas al dueño, luego teníamos que saltar y correr. El patrón nos perseguía montado en caballo y con un chicote en la mano. Era toda una aventura”.

Los demás coches avanzan y nosotros, también. Nos movemos apenas unos metros. Paramos. Volvemos a esperar. “Ahí, a veces, nos bañábamos. Nos lanzábamos al agua desde un árbol muy alto. Estaba por ahí”. Me indica con su dedo. Lo que señala es un terreno descampado, árido, seco, vacío. Sobre él construirán pronto otro edificio. Uno más. “Había agua cristalina. Como piscina. Limpia pe’. No como ahora. Ya no encuentras esos sitios”.

Es difícil imaginar que el lugar seco e infecundo que veo, tuvo alguna vez vegetación. Que en el centro de todo eso hubo agua translúcida.

Le digo que seguramente Arequipa debió tener más chacras que edificios, que debió ser muy bella. “Bellísima y segura” responde. ”Yo me caminaba kilómetros enteros de noche. No me pasaba nada. Ahora te roban, te asaltan, te matan. Esta ya no es la ciudad que conocí de joven.”

Es hora punta de un día de abril. Las calles están infestadas de vehículos y hace un calor asfixiante. El taxista sentado a lado mío continúa. Me cuenta cómo, de niño, iba con sus amigos a la playa en tren. Se demoraban muchas horas en llegar, pero cantaban, jugaban y se divertían. El tiempo no importaba. “Partíamos en la mañana y llegábamos en la tarde, ya estaba oscureciendo. Llegábamos justo para acampar. Ya no pasa eso. Ahora todo es rápido y ya nadie se detiene a pensar o a disfrutar”, le doy la razón.

Me cuenta, también, acerca de concursos de cometas. “A la que volaba más alto, a la más bonita. El premio era una cometa que todos queríamos tener o billete. Otros tiempos, más bacanes” caigo en la cuenta de que hace mucho no veo un niño acompañado de esos juguetes voladores.

El embotellamiento desaparece. Los autos avanzan. Pasan unos minutos y estamos a punto de llegar a mi destino. Veo los edificios y ninguna zona verde. Pienso que años anteriores fueron mejores, saludables, tranquilos. Pienso que los viejos tiempos fueron verdaderamente los años maravillosos.