OPINIÓN. Hordas modernas (Por Johan Cano Valencia)

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El ser humano es eminentemente social. Desde que nacemos nuestro contacto con el resto nos genera un vínculo con los demás que, con el tiempo, se transforma en una necesidad. Aprendemos de nuestros semejantes, nos encariñamos con ellos e incluso nuestra forma de vivir, en sociedad y armonía, requiere de ellos para funcionar.

Se podría decir que tenemos una inclinación natural hacia el grupo, que incluso nuestro carácter ha sido formado genéticamente para que así sea. Hasta aquí no hay ningún problema, la evolución y la supervivencia ha requerido que nos juntemos para enfrentar las adversidades, caminemos hacia la evolución y mejoremos significativamente. Este es el fin de la sociedad.

El asunto  está en el momento en el que perdemos nuestra conciencia, nos convertimos en simples títeres acéfalos y empezamos a obedecer a ciegas. Hacemos de la necedad una forma de vida y la idea de pertenecer a un grupo pierde su fin original. Ya no queremos mejorar y el bienestar común pasa al segundo plano. Dejamos de ser sociedad y volvemos a la época oscura de las hordas salvajes  que solo buscan atropellarse entre sí, con la falsa idea de que derrotarán al resto y se impondrán a los demás. Nos volvemos una burda lucha de pandillas.

Nada más fácil para explicar nuestro país. Mafias políticas se empoderan y se blindan unos a otros. Hordas de grupos religiosos atacan a los que no piensen como ellos. Ya no importa la razón o los argumentos. Todo se convierte en una gresca sin sentido. No importa incluso si terminamos ocultando y tapando delitos, todo a causa de una tonta fidelidad al partido o a la secta.

Sindicatos, grupos económicos, clubes, e incluso universidades sirven de plataformas para la creación de clanes modernos. Esta es la pelea eterna. Los fujimoristas contra el oficialismo; el aprismo contra los demás. La iglesia contra la comunidad Lgtbi. Los ateos versus los cristianos. Los de izquierda contra los de derecha. El arzobispo contra el ministro. Todos contra todos.

Todo es violencia y discrepancia. No interesa para nada la concertación. No hay intención de dialogar. No nos damos cuenta de que esto solo nos retrasa y nos perjudica. El diálogo sale por la ventana y terminamos en el insulto fácil.

Ver el pasado fin de semana las redes sociales y notar que, por cualquier publicación, todos se insultan sin ninguna intención de razonar, me hace pensar que como país estamos lejos todavía de convertirnos en una sociedad. Necesitamos aprender a discrepar, a dialogar con altura. Mientras tanto sálvese quien pueda.