OPINIÓN. Hablemos de la pena de muerte (Por Fernando Taco Mendoza)

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En los últimos días se ha discutido mucho acerca de si la pena de muerte para violadores de menores de edad debe ser legal o no en el Perú. Esto, producto de un indignante y lamentable caso que estremeció al país: la violación y asesinato de una niña de 11 años.

Por su puesto, comparto la indignación e impotencia de la población frente a un trágico suceso como este. Y no puedo ni imaginarme el sufrimiento que están sintiendo los padres de la menor de edad. Lo que no comparto es esa posición vengativa y sanguinaria que se exige y se clama como solución. La pena de muerte, después de todo, no deja de ser una propuesta demagógica y contradictoria en nuestro país.

Recordemos que, si por algo se caracteriza nuestro Poder Judicial, es por ser injusto. Según la X Encuesta Nacional sobre Percepción de la Corrupción, el 71% de la población indica que este mal se ha incrementado en los últimos cinco años y se indica al Poder Judicial como una de las instituciones más deshonestas del Perú. La demostración de esto es que todos los días malhechores de gran peligrosidad vuelven a las calles sin jamás haber pisado la cárcel. Mientras que miles de personas libres de culpa viven tras las rejas ¿Es acaso en este tipo de sistema, donde los errores y coimas abundan, en el que la población quiere que la pena de muerte funcione?

Por otro lado, se argumenta que la pena capital serviría para disuadir a los delincuentes. Bajo esta lógica los delitos disminuirían producto de la intimidación. Sin embargo, no existe demostración alguna de este argumento. En países como Malasia, Singapur, China o Irán, donde el narcotráfico se castiga con la pena que tanto se exige en Perú, los delitos no han disminuido. Si lo reflexionamos un poco más y evitamos pensar únicamente desde la indignación, nos daremos cuenta de que, en todo caso, la pena de muerte tiene un efecto mucho peor: incita al delincuente a asesinar a su víctima para no ser delatado.

Sin duda, actos atroces como el cometido por César Augusto Gustavo Alva Mendoza, “El monstruo de la bicicleta” (y lo de monstruo se queda corto), son inaceptables, repudiables. Es en escenarios como este que la pena de muerte parece la única solución para curar a la sociedad, se muestra como una sentencia justa y necesaria. La pena de muerte hace creer que nos acerca a un lugar mejor para vivir. Sin embargo, nos ofrece exactamente lo contrario.