OPINIÓN. Amores de silicona (Por Johan Cano Valencia)

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(Imagen tomada de internet)

Masayuki Ozaki es un hombre mayor que acaba de terminar su matrimonio. Antes, estaba casado con una mujer demasiado exigente con la que solían discutir todo el tiempo y por cualquier nimiedad. Ahora, que ya se ha terminado su relación, para no sentirse solo, Masayuki ha decidido que ya no quiere seguir peleando por siempre; por eso, se ha comprado una “rabu doru”  (muñeca de amor, en japonés).

Las “rabu doru” son muñecas de tamaño real, de aspecto hiperrealista. Cada una de ellas cuesta alrededor de 6 000 dólares. Están hechas de silicona y poseen vaginas intercambiables por lo que se puede llegar a tener sexo con ellas. Y aunque muchos podrían creer que se trata solo de una simple “muñeca inflable”, para los japoneses son compañeras a quienes pueden amar y con quienes se puede llevar una vida de pareja, incluyendo citas y paseos.

En Japón, se calcula que se venden cerca de 2000 muñecas cada año y que la mayoría de sus compradores son hombres mayores, viudos y divorciados. Ellos las visten, cambian y mantienen como si se tratara de personas reales. Incluso algunos de sus usuarios han dicho que preferirían mil veces a sus compañeras de silicona que a una mujer real, que les guardan fidelidad y que serían incapaces de engañarlas con alguien más.

Lo interesante del tema es que, aunque podría parecer un trastorno de unos cuantos, esta práctica revela mucho acerca de nosotros. El mundo en el que vivimos nos ha vuelto cada vez más egocéntricos y ha degenerado nuestra forma de vivir y de pensar. Hemos caído en un eterno “selfie” que saca del cuadro al resto del mundo y que nos deja totalmente solos con la ilusión de que lo único importante somos nosotros.

Incluso nuestra propia idea de la existencia se ha trastornado. Nos hemos sumergido en una sociedad en donde todo es descartable y nos hemos acostumbrado tanto a esa forma de pensar que incluso la idea del amor también lo es. El ritmo de vida ha adquirido una velocidad tan vertiginosa que nos ha quitado la capacidad de reflexionar en lo que hacemos y nos ha mecanizado. Somos autómatas, máquinas de producir.

Ególatras, desechables y autómatas, nos hemos refugiado en el placer como refugio para recordar que estamos vivos. Los males han desencadenado otros males y así hemos caído en un hedonismo extremo. Si se piensa con calma, que en estos tiempos amemos muñecas, lejos de ser una anomalía, nos refleja como sociedad y nos pinta de cuerpo entero.

Artículo escrito por Johan Cano Valencia, licenciado en Literatura y Lingüística, editor de la sección de cultura de HBA, columnista del diario Sin Fronteras (Arequipa) y profesor de secundaria.