OPINIÓN. Acostumbrados como estamos (Fernando Taco Mendoza)

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John Soplín Buitrón se despertó, alistó a sus hijos y les sirvió el desayuno. Los mayores, de 11 y 15 años, luego de devorar la primera comida del día, se despidieron de su hermanito, de su hermanita y de su padre, y caminaron al colegio. Una vez partidos, John, cumpliendo con las labores de rutina, se dispuso a llevar a sus hijos menores, Cataleya de dos años y el chiquillo de seis, a la cuna-guardería. Ni él ni su pequeña imaginaban que ese mañana serían asesinados.

Catita, como le decían de cariño a Cataleya, iba trepada en el cuello de su papá y el niño, de la mano. Fue entonces que, mientras cruzaban la calle, un hombre bajó de una camioneta negra y disparó. Fueron más de diez balas las que recibió John, murió al instante. Su hija recibió una sola en la cabeza, resistió con vida hasta llegar al hospital Hipólito Unanue, pero sucumbió antes de entrar a la sala de operaciones. Su hijo, asustado, soltó la mano de su padre y corrió lo más rápido que pudo, ninguna bala lo alcanzó.

Luego del doble asesinato se dio a conocer que John era traficante de drogas, que era distribuidor de microcomercializadores y que alteraba la cocaína que vendía con almidón para hacerse con más dinero. La policía maneja la hipótesis de que se trataría de un ajuste de cuentas, es probable que sus compradores castigaran el engaño con la muerte.

El lamentable e impactante hecho sucedió la mañana del lunes 20 de noviembre del presente año en la capital de nuestro país, Lima. El caso, sin embargo, no llamó la atención ni parece haber indignado a la población. Una niña de dos años asesinada por sicarios no indigna, no importa, es poca cosa, ¿sucede acaso que nos hemos acostumbrado a vivir en una nación donde reina la violencia, el maltrato, el dolor, el asesinato?

El desgarrador suceso que tuvo lugar frente a nuestros ojos no es más que uno de los miles  de casos de homicidios que hay a lo largo y ancho de nuestro Perú. Son tantos que los vemos con normalidad. ¿Total? Pasa todos los días, ¿no? ¿Y dónde quedaron las promesas de nuestro presidente? ¿Se le olvidaron? ¿Nos olvidó? ¿Y él, dónde quedó? ¿Se esfumó? Ahora, luego de tanto escándalo, ha dejado sus obligaciones de lado para aparecer solamente en inauguraciones y eventos triviales. ¿Y nosotros? Seguimos sin tomar conciencia de que para mejorar el país en el que vivimos tenemos todavía mucho camino por recorrer.