OPINIÓN. Acostumbrados a dejarnos ver (Por Johan Cano Valencia)

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El pasado fin de semana, nuevamente, las playas de Camaná estuvieron en la mira. Esta vez la novedad fue una pareja de jóvenes que fueron captados teniendo sexo en plena vía pública, y a vista y paciencia de todos. Alguien capturó el hecho en una fotografía y pronto las redes sociales estallaron con una serie de comentarios y reacciones que convirtieron el hecho en “viral”.

Sin embargo, no es la primera vez que en Arequipa ocurre este fenómeno. Hace algunos años, otra parejita de procaces amantes fue captada haciendo lo mismo, en pleno centro histórico, y en horas de la madrugada (frente a la oficina de RENIEC, para ser más específicos). Como podemos darnos cuenta, ya no es tanta la novedad.

Si lo pensamos con calma, o si le preguntamos a algún agente de serenazgo, podremos notar que también son varias las veces que se han intervenido a parejas que eligen los parques de la ciudad, o algunos automóviles, como escenarios perfectos para sus actos amatorios. A lo Pedro Suárez, los “autosrana” son cada vez más frecuentes. Al punto que la ebriedad ni siquiera es un requisito o una excusa para la exhibición.

Frente a esta ola de impudicia, cabe preguntarnos ¿qué es lo que está pasando con nosotros? La pregunta es más que pertinente y tiene varias aristas. No obstante, es un fenómeno que no es de ahora, sino que ha devenido desde tiempos atrás.

En las últimas décadas, nos hemos visto influenciados por un bombardeo de información que promovía la cultura del descaro y el desenfreno. Los “programas realitys”, que utilizaban el morbo y los mezclaban con la ilusión de que aquello podía ser verdad,  confundieron aún más al espectador que empezó a creer que la intimidad podía mostrarse en público sin ningún problema.

Luego llegaron las redes sociales y, con ellas, la costumbre de mostrar nuestra intimidad en público se hizo más fuerte. Se pasó la barrera de lo personal y, en aras de la “socialización”, se empezó a compartir con otros más de la cuenta. La necesidad de aceptación se traspasó al ciberespacio y pronto las páginas de “Facebook” se inundaron de gente que mostraba más de lo necesario con tal de ser aceptada.

Nos hemos acostumbrado a dejarnos ver, a tal punto que no reservamos nada para nosotros. Todo lo mostramos al resto. Ya ni siquiera pensamos en que nuestros actos y comentarios pueden incomodar a los demás. Si continuamos así, pronto ya no habrá de qué escandalizarse.