La magia del Gabo (Por Johan Cano Valencia)

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Cuando murió el Gabo los medios de comunicación y las redes sociales “reventaron”. Todos estábamos tristes por su partida y lloramos su pérdida. En el caso mío, unos amigos y yo lo lloramos a punta de pisco y hasta las 5 am.

Recuerdo bien que cuando se fue, se dijo de todo tras su muerte: algunos exageraron llamándolo el “Cervantes Colombiano”; otros le echaron la culpa a los “trágicos jueves” vallejianos (cómo olvidar que fue un jueves); otros, dizque “contestatarios”, hablaron de la muerte de un defensor de dictaduras; y otros, que al parecer de niños no tuvieron amor, manifestaron que era absurdo hacer tanta alharaca por la muerte de un escritor que defiende la pedofilia, la prostitución, el machismo, y que nos deshonra presentando todo este conjunto como “lo latinoamericano”.
Querido u odiado; respetado o repudiado; conocido o ignorado, todos hablaron de él porque era un grande. Quizás parte de su grandeza estuvo en que siempre supo ser franco. Escribió de forma franca, actuó de forma franca, vivió de forma franca. Y aunque eso le causara críticas muchas veces (por ejemplo, por quienes le repudiaron su amistad con Fidel), nunca tuvo máscaras.
Fue esa franqueza la que hizo que muchos de sus lectores lo sintiéramos tan amigo y lo llamásemos, sencillamente, “Gabo”. No entiendo, ni entenderé a los que no amaron su obra, a lo mejor no pudieron entenderlo. Para mí, leer sus novelas era como ir a visitar a mis abuelos, pasear por la chacra o recordar que a veces la vida es más sencilla de lo que aparentan los libros de historia.

Con él aprendí a amar la vida, a buscar la alegría, a disfrutar sin importar el qué dirán. La vida del García Márquez encarna eso: Sí, Gabo era putero, pero, sobre todo, era un tipo alegre que nunca se dejó arrebatar la felicidad por los demás, que amó su pueblo colombiano, que supo tener una mujer y un par de hijos, que recorrió el mundo, que fue feliz en la pobreza y en la riqueza, que nunca perdió sus orígenes, y que jamás dejó de ser auténtico.

En el caso suyo, la vida fue el verdadero premio y el nobel una yapa. La naturaleza y la cercanía a su gente lo vistieron con una guayabera en lugar de piel, igual a la que llevaba puesta el día en que se fue a recoger su Premio Nobel de Literatura en 1982.
Su vida y su alegría pueden verse en sus fotos, siempre aparece sonriendo. Y aunque en su obra se pueda encontrar también un “poquito” de soledad o melancolía (¿qué son “Cien años” para quien cree que el tiempo es para disfrutarlo?), sus personajes nunca pierden la brújula, y siempre encuentran la manera de ser felices. Esa es la genialidad y el hermoso mensaje que nos deja García Márquez en sus libros: enfrentar, a punta de esperanza y alegría, la difícil realidad. Eso es lo que el Gabo pintó tan bien en su obra y que otros llamaron “Realismo Mágico”.

Ahora que ya no está, alguien podría decir que ya no es lo mismo. Pero hacer eso significaría no haber comprendido su mensaje. Mejor lo recordamos con alegría. La misma de la que él escribió y con la que los latinoanericanos, a punta de chistes, despedimos a los nuestros en los velorios.

Hasta luego, amigo. Ya nos veremos.