Nos entristecemos cuando me recuerdas que ya no soy tu bebé, que ya no soy tu mocoso, que más bien, ahora soy tu jovencito o —como tú dices— tu muchachón. Noto tu pena cuando me abrazas y piensas cómo han pasado los años, seguramente notas también mi pena cuando te devuelvo el abrazo. Sabemos, pues, que ninguno de los dos tiene el poder de manipular el tiempo para que yo vuelva a ser tu niño pequeño y tú jamás dejes de estar a mi lado.
Crees que no me acuerdo, pero sí. Era tierno y regordete y a cada rato señalaba con el dedo y te preguntaba “qué dice ahí”, fue así como me enseñaste a leer. Me mostraste unos libritos delgados y con dibujos: Pinocho, Caperucita Roja, Pulgarcito. Y luego, procediste a descifrar en voz alta los extraños símbolos que me causaban tanta curiosidad y me hiciste imaginar mundos maravillosos. Acto seguido, intenté imitarte. Sin éxito, por su puesto. Solamente después de arduo trabajo a tu lado, pude entender lo que decían esos signos que, gracias a tu ayuda, ya no parecían tan extraños.
Me enseñaste, además, a dibujar todas y cada una de las letras del abecedario. El cuaderno que usamos para mis experimentos con el lápiz no tardó en llenarse de garabatos, de inútiles esfuerzos por intentar tener una buena caligrafía.
También, me matriculabas en miles de talleres y cursos a los que, como era inconsciente e inmaduro, no me gustaba asistir. Pero con tu inteligencia, supiste que eran esenciales en mi formación. Y tuviste razón, como siempre. Con seguridad, si no llevara la vida ajetreada que llevo, es decir, la vida ajetreada que viene al crecer y tener, además, esta chamba, me seguirías inscribiendo a otros talleres y otros cursos.
Cuando cometía algún error, o mejor dicho, cuando cometo algún error, me miras con los ojos entrecerrados, como si no estuvieras segura de que verdaderamente soy tu hijo. Porque sabes que mis deslices los corrijo. Porque sabes que de esa manera me educaste.
Y es así como, reflexiones y memorias de por medio, quiero darte las gracias, viejita. Gracias por tus incomparables consejos, por tus reconfortantes besos y abrazos, por tu sabrosa comida que tengo el privilegio de probar a diario. Gracias por soportarme y quererme. Por educarme y enseñarme lo mejor de ti, para que sea también lo mejor de mí. Gracias porque, sin tu ayuda, no sería quien ahora soy. Gracias por todo, mamá.