CULTURA. Reapropiarse de la ciudad (Por Gabriela Solorio Naiza)

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Si hay algo que caracteriza a nuestra ciudad, además de revelar la carencia de un plan urbano, es la ausencia de lugares públicos. ¿Es que como ciudadanos podemos encontrar espacios que nos permitan la ensoñación?
Antes, cuando iba a la plaza de Yanahuara, me complacía escuchar el follaje de los árboles azotado por el viento o el canto sibilino de unos pájaros soberbios que volaban de una a otra palmera desafiando con estilo la gravedad. Ahora, la plaza de Yanahuara es un quebradero de cabeza desde que ostenta con falso orgullo música clásica como telón de fondo.
No es que me desagrade la música pero considero que son dos elementos, que sumados, restan entre sí sus cualidades. Por un lado, no podemos percibir con detenimiento los matices áureos de los conciertos de Brandenburgo, y por otro, la escasa naturaleza a la que podemos acceder es cubierta por un velo denso que termina enmudeciéndola. Los pájaros se niegan al canto, ya ni el goteo apaciguante del agua es posible escuchar.
El efecto, entonces, es bastante desagradable. ¿No es esta una forma de concebir al espacio en la misma medida que se concibe un espacio de consumo o un ascensor? Es decir un lugar que deja de ser hospitalario, donde la música es un acompañante más a la acción, al movimiento.
La propia plaza se destina a prestar servicio a consumidores de turismo y algunos fines de semanas se presta como un “patio de comidas”. Es un espacio, en otras palabras, que se ha adaptado a los movimientos espirales del capitalismo, que exige hoy, la adaptación no del ciudadano, sino del “usuario” a su forma impuesta.
Somos más de un millón de habitantes. ¿Hacia dónde podemos dirigirnos para escapar del barullo de la ciudad, si los escasos parques urbanos nos expulsan de forma visible con los barrotes que impiden nuestro ingreso? Y ni que decir de la implícita inseguridad ciudadana.
Nos quedan aquellos lugares que se representan a sí mismos como espacios seguros, vigilados, donde aparentemente podemos “distraernos” tranquilamente un domingo con nuestra familia: el Mall.
El mall Plaza Cayma, para poner un ejemplo, exhibe una serie de discursos que podrían catalogarlo como un espacio “moralmente bueno”. Ante la falta de dirigentes que manifiesten el mínimo de preocupación por los ciudadanos, el mall se “preocupa por nosotros”, por la contaminación ambiental de nuestro ciudad (es el único mall autosostenible) y por la cultura –hasta podemos encontrar una pequeña biblioteca dentro.
Sin embargo, este espacio está lejos de ser un espacio público, pues el espacio público insta a la comunidad, a la interacción, y el mall insta a la tarea de consumir, un pasatiempo necesariamente individual. El “templo de consumo” como lo llama Zygmunt Bauman es una isla de orden, libre de inseguridades. Es un espacio flotante donde no advertimos el paso del tiempo. En la naturaleza el tiempo se aprehende dentro del espacio, es decir, nos percatamos del paso del tiempo por el desplazamiento del sol encima del horizonte, por la posición de la luna… el tiempo dentro del mall, se nos escapa, no se deja leer.
En cuanto a su estructura, tiene un gran poder de atracción por la luz y el colorido de las vitrinas que provocan una serie de sensaciones sensoriales. A lo largo de sus pasillos están dispuestos algunos asientos que no son suficientes para que los usuarios puedan descansar, a pesar de que es un espacio pensado para que una gran cantidad de consumidores puedan pasar la mayor parte del día. Dicha diferencia, entre asientos disponibles y número de usuarios, permite que las personas no generen “tráfico” frente a los escaparates, y si después de tremendo ínterin, el descanso se hace imperioso, el usuario tendrá que hacerlo en el patio de comidas o en algún restaurante, y de esta manera asegurar el consumo.
Para justificar su sentido, el mall, como ya había mencionado, hace uso del argumento ecológico y el de la búsqueda de nuestro bienestar y comodidad. De alguna forma, limpia de toda mancha la acción a la que nos llama: comprar. Adentro la compra está sanitarizada, no es una tarea para cuestionar, y a través de ello, garantiza que los productos que nos ofrece, no representen daño alguno. “El templo del consumo quiere lo mejor de nosotros y podemos disfrutarlo sin temor” (Bauman, 2002).
Queda entonces preguntarnos: ¿Es que nuestro espacio público está amenazado por el urbanismo imperante? La respuesta la tenemos todos. Los espacios que no provocan el consumo están en vías de extinción, se ha reducido al mero tránsito donde los automóviles tienen prioridad sobre los ciudadanos a pie o en bicicleta. Entonces ¿No se hace imperante la reapropiación de la ciudad como una creación colectiva que busca el bienestar de los ciudadanos? Ojalá las autoridades reflexionen al respecto.

Artículo escrito por Gabriela Solorio Naiza. Estudió medicina y literatura en la UNSA. Ha colaborado en revistas literarias y en diversos medios de difusión cultural virtual.