CULTURA. Ramiro Llona: La búsqueda incesante de sí mismo en la pintura (Por Johan Cano Valencia)

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Estábamos camino a su hotel y me sentía algo nervioso: no todos los días se puede conversar con uno de los referentes más altos de la pintura peruana. Sin embargo, cuando me preguntaron si podía entrevistar a genial Ramiro Llona, no dude y acepté al instante.

La cita salió de sopetón, una compañera de la universidad había hecho el contacto y me pidió que la acompañara. Normalmente, soy yo el que hago las preguntas. Pero esta vez me conformaría con ser el camarógrafo y no me importaría.

El hotel es lujoso y no es para menos. Para los que no lo conocen Ramiro Llona es como Ribeyro, pero de la pintura peruana. Llegamos y preguntamos por él en recepción. Al poco rato, después de ubicarlo, nos conducen a su encuentro. Es bastante alto, bien conservado. Tiene una sonrisa fresca y una amabilidad que solo puede tener alguien tan inteligente como para comprender que la vida se trata de aprender a respetarnos como humanos.

Empezamos la entrevista. Yo acomodo la cámara, mi compañera empieza las preguntas, no estoy muy de acuerdo con ellas,  pero ella las ha preparado así que no intervengo, pienso que quizás mi curiosidad por el maestro me quita objetividad. Ramiro contesta y lo hace brillantemente. Al final me atrevo y lanzo algunas interrogantes, no me importa la edición, ni como pueda quedar la grabación. Le pregunto por qué pinta, si es una especie de catarsis o terapia, si hay algún dolor en especial que lo mueva hacia la pintura, alguna experiencia vital difícil de superar que sea recurrente.

Corro el riesgo de haber ido a un lado muy lejos, pero él responde: “Uno nunca va a decir porqué pinta, es algo muy personal. Hay como una grieta, un desacomodo. Nadie se mete a la creación a la pintura o a la literatura, porque siente que todo está bien. Todo esto surge de una ansiedad primigenia y es una cosa muy dura vivir de mucho dolor, de mucho pesar, de mucha dificultad”.

La noche ha sido maravillosa y me siento afortunado de haber podido conversar con él. No han sido las preguntas las que más me han impresionado, sino su forma de ser, de vivir. Esa misma que se refleja en su obra, pero también en sus formas, en sus gestos, en su sonrisa resuelta.  Mientras lo veo, descubro que para Llona la pintura es un lugar en el que es posible preguntarse las cosas, una forma de encontrarse así mismo, el lugar al que recurren sus preguntas.  “Yo estoy días de días frente a la tela en blanco, como midiéndome con ese espacio. Yo ya he dicho que yo no hago bocetos. Lo único que decido son las proporciones y el tamaño de la tela. Entonces, me paso dos o tres semanas frente a este lienzo y actúo sobre esa superficie tratando de ir más rápido que mi consciencia”. La misma actitud bastante reflexiva con que responde las preguntas, con que estrecha la mano de quien lo saluda.

Termina la entrevista y me quedo pensando sobre los episodios que ha tenido que pasar Llona, sobre los que pueden estar ocultos en su pintura. Pienso si alguno puede parecerse a algo que yo haya vivido. Quizás allí esté su genialidad, en que sus episodios también muestren los nuestros. El maestro confiesa que pintar es una forma de encontrarse, de pensarse a sí mismo. Y mientras me alejo del hotel en que conversamos, pienso en qué distinto sería todo si la mayoría de nosotros hiciera lo mismo.

Ramiro Llona de joven trabajando en su taller, en Miraflores (imagen sacada de internet)