CULTURA. Nuestra ceguera mental (Por Adriana Flores Ramos)

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Imagina que estás manejando por la avenida principal de tu distrito. Avanzas con normalidad. En el autorradio suena la música que tanto te agrada. Cambia de color el semáforo y frenas. De pronto, cuando la luz estaba a punto de volver a cambiar, todo lo ves blanco, una nube lechosa invade tus ojos, produces un embotellamiento, tu confusión se altera cada vez más por las bocinas de los otros vehículos y rompes a llorar. No ves nada y, encerrado en tu auto, lloras con desesperación, con miedo, sufriendo de una invalidez incurable.

La lectura de Ensayo sobre la ceguera de José Saramago es intensa, inicia con la repentina invidencia de un tipo en medio de una calle llena de gente sin nombre y sin tiempo para conocer la desdicha de este conductor que está detenido en mitad del tráfico porque súbitamente se ha quedado ciego; solo ve una luz blanquecina, lechosa, que lo hace gritar y pedir ayuda. Es la primera víctima de una incontenible epidemia, es el primer ciego y así se le llamará en toda la novela, no tiene nombre, como no lo tienen tampoco los demás personajes que formarán el primer grupo de contagiados: un ladrón que, compadecido, se ofrece a llevar al primer ciego a su casa, la esposa de este, el taxista que lo lleva con el médico oftalmólogo y los pacientes que estaban en ese momento en la sala de espera: la chica de las gafas oscuras, el niño estrábico y el viejo de la venda negra tipo pirata.

La ceguera blanca se esparce inexplicable sin respetar edad ni condición social o económica. El terror se apodera de quienes pierden la vista, el miedo y la angustia imperan a medida que va aumentando el número de ciegos. Cada vez son más los contagiados, ya no tienen quién los cuide porque los sanos no se quieren arriesgar, la situación se vuelve caótica, es horrendo lo que sucede en la ciudad sin nombre donde Saramago sitúa la historia.

¿Quién ayudará a los ciegos para que la convivencia humana sea factible? Hay una mujer, la esposa del médico oftalmólogo, la heroína que puede ver el dolor de todos. Ella no se queda ciega porque no tuvo miedo a que la contagiaran. La mujer se subió a la ambulancia donde metieron a su marido ya invidente y mintió al decir que también se había quedado ciega para poder acompañarlo por solidaridad y por amor, un sentimiento humano que salva porque guía, atiende y alienta.

Gracias a la mujer del médico, el lector sentirá la gran falta que hace el sentido de la vista, ella verá la degradación de la conducta humana, los llantos de impotencia y coraje, la inmundicia que se irá acumulando, los desechos que el cuerpo tiene necesidad de expulsar sin saber siquiera dónde. Todos los enfermos están recluidos en un antiguo manicomio que hace de cárcel. Sin agua, sin higiene, casi sin estímulos para esperar una cura milagrosa.

Los presos/enfermos se enfrentan a un mundo nuevo, el de la lucha por la supervivencia. La comida cada vez escasea más porque siguen llegando más contagiados. Los ciegos buscan una mano que les indique por dónde caminar sin tropezar, una voz que les dé esperanza. La mujer del médico, que lo ve todo, les dice: “Si no podemos vivir enteramente como personas, hagamos lo posible por no vivir enteramente como animales”. Ella es el símbolo de la conciencia que en ciertos momentos se quiebra por ver tanta deshumanización. La cura llega de forma misteriosa, luego de una lluvia de limpieza profunda sobre la inmundicia, poco a poco, cada ciego empieza a ver.

Esta historia es una brillante alegoría de la realidad en que vivimos, pues la pérdida de la vista es una metáfora de la pérdida de la razón. El miedo te ciega y te crece la sensación de abandono, sufres por tu invalidez, por la soledad. El hombre moderno, sin ser ciego, actúa como tal. Quizá la mirada de Saramago sea como la de la mujer del médico, tan deslumbrante como la luz. Saramago es un autor al que volveré siempre, su parábola me convence y me hace reflexionar sobre la magnitud de mi propia ceguera. Confío, como los primeros ciegos confiaron en la mujer del médico sin conocerla, que existen personas como ella, que ven con los ojos de la conciencia y de la fe en la humanidad, dispuestas a dar la batalla por amor y solidaridad.

 

Escrito por Adriana Flores Ramos (24 años, estudió Literatura y Lingüística en la UNSA. En el año 2013 ganó los juegos florales Aletheya categoría Cuento Infantil César Vega)