CULTURA. La voluntad de ayudar (Por Adriana Flores Ramos)

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Una familia de picaflores vino a hacer su hogar en la buganvilla de mi jardín. Hemos sido parte del proceso de crecimiento de los pimpollos colibríes y de la muestra de afecto de la madre. Cuando estaban aprendiendo a volar, dos pichones cayeron del nido. Uno tuvo la desventura de adentrarse en la casa, por eso nuestros cazadores felinos y perrunos fueron encerrados inmediatamente para prepararnos a ayudar al pichón desventurado y a la madre, que buscaba a su hijo dando vueltas por la casa pitando sin parar. Mi papá logró que regresara el primer pichón a su nido, pero tuvimos el error humano de creer que no tendrían miedo de nosotros, pues estábamos conviviendo cerca de ellos más de un mes. El segundo pichón, haciendo un esfuerzo por volar, llegó hasta el balcón de una vecina y no quiso moverse por el miedo que le producíamos.

Cuando le conté la historia a mi enamorado, me dijo: “La naturaleza es sabia, se va a solucionar” y efectivamente la familia colibrí se volvió a unir y nosotros, los Flores Ramos, ya no nos sentíamos los villanos crueles. La diferencia entre humanos y animales es que los primeros hemos sometido a intereses particulares y egoístas nuestra empatía, ese instinto de protección por el otro.
El último incendio de las Malvinas nos hizo dar cuenta de muchas cosas, una de ellas es este sentido utilitario y materialista de la empatía. Nos hemos acostumbrado a un dicho: “si a mí no me afecta, ¿por qué tendría que ayudar?” y sí, hermanos, no solo sucede en situaciones críticas como este incendio, sino también en política, en economía, en educación y, lo que es peor, en nuestra vida cotidiana. Hemos perdido la noción de manada, de actuar juntos por nuestro bien común. La individualidad en que vivimos nos está hundiendo, nos vuelve seres insensibles como esos patrones que encerraron a sus trabajadores en un container condenándolos a morir atrapados. Sin embargo, no todo está perdido, existe un grupo reducido que vela por el otro, que no ha perdido el humano espíritu de solidaridad. A los voluntarios, a esas personas que trabajan por el bien de la comunidad y del medioambiente por decisión propia, a ellos me refiero.

La voluntad de hacer el bien por la simple satisfacción de hacerlo, la entrega desinteresada por el bien común que han demostrado los bomberos en esos seis días de infierno es conmovedora, es ejemplar, nos sacude el alma, nos despierta de la modorra de egoísmo y materialismo a que nos tiene acostumbrados el sistema actual, es como la voz de aliento de la mamá colibrí llamando la atención para que no nos perdamos, es la voz, el llamado de la manada, de la solidaridad.
“Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón”. ¿Quién hace algo para recibir la simple satisfacción de haber hecho lo correcto, mis queridos lectores? Nos hemos acostumbrado a hacer las cosas a cambio de algo, de un premio, de un beneficio personal. Lo peor de nosotros se refleja en nuestras autoridades, ellos son ejemplo de corrupción, de interés materialista, de inhumanidad. No siempre fue así. “Ahora que hemos entrado al municipio de Lima espero que los cientos de miles de electores que han votado por mí ya no escupirán en la calle ni botarán basura”, decía Alfonso Barrantes Lingán y expresaba con ello claramente la tarea de ejemplo, de educación para la vida en comunidad y convivencia que deben cumplir las autoridades. Por supuesto, esta es una labor en la que estamos todos al margen de posiciones políticas, somos un único partido, no importa el color, somos el partido de la humanidad, este es nuestro compromiso y nuestra lucha. “Hay, hermanos, muchísimo que hacer” y es hora de hacerlo ya.

Escrito por Adriana Flores Ramos, 24 años, estudió Literatura y Lingüística en la Unsa. En el 2013 ganó los Juegos Florales Aletheya categoría Cuento Infantil César Vega.