CULTURA. La mirada implacable de Hitchcok (Por Johan Cano Valencia)

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Un niño pequeño juega solitario con un pedazo de soga sobre una silla. Está solo porque sus hermanos son demasiado grandes para jugar con él y sus padres están muy ocupados atendiendo la tienda que se ha convertido en el negocio familiar. Juega callado, no necesita decir nada, pero es minucioso: ha aprendido a observar con detenimiento. No lo sabe todavía, pero está destinado a convertirse en uno de los más grandes directores del cine: Alfred Hitchcok

Nacido en Inglaterra, un 13 de agosto de 1899, fue el menor de dos hermanos y el hijo de una pareja de padres católicos y conservadores. Influenciado por una Inglaterra en la que se respira aún el ambiente novelesco de Sherlock Holmes y de los crímenes de Jack “el destripador”, creció con un peculiar sentido del suspenso y de la curiosidad. El mismo que más tarde experimentaría en carne propia cuando ingresaría a estudiar en un colegio jesuita bastante estricto en el que os sacerdotes-profesores recurrían al castigo de una forma peculiar: el sentenciado debía elegir la hora y el día de su condena para acudir silencioso a una habitación especial en la que los religiosos aplicaban los azotes correctivos. Al principio el joven Alfred no recibiría muchos castigos, pero después adoptaría una postura de rebeldía que incluía pequeños atentados como, por ejemplo, robar huevos de los gallineros del colegio para arrojarlos a las ventanas de los clérigos.

La figura de su padre siempre estuvo presente de una manera peculiar. De pequeño, en alguna ocasión, fue enviado a la comisaría con una nota, a pedido de su progenitor, con un mensaje que pedía explícitamente se le encarcelase por algunos minutos. “Esto es lo que les sucede a los malos”, le dijo el policía inglés que cumplió con el pedido escrito, mientras un pequeño Alfred no lograba comprender totalmente la situación. Sería la muerte de su papá, en 1914 (a sus 15 años de edad), los que lo volcarían más hacia la rebeldía, pero también a la soledad. La misma que encontró sosiego cuando a los 15 años descubrió su afición por el cine al observar “El nacimiento de una nación” (David Griffith-1915). La película lo marcaría y lo volvería un amante del cine mudo de Charles Chaplin, Buster Keaton, Douglas Fairbanks y Mary Pickford, sin saber que luego esta etapa definiría su destino.

Debido a las carencias económicas por la ausencia de la figura paterna, se vio forzado a trabajar en una compañía de Telégrafos, debía revisar y calcular el tamaño y los voltajes en los cables. Fue este oficio incómodo el que le permitió reflexionar sobre a qué quería dedicar su vida; así, pidió que lo cambiaran primero al área de publicidad de la misma compañía, para luego dejarla por completo apenas tuviera oportunidad. La oportunidad llegó cuando él tenía 21 años y se llamaba Famous Players-Lasky. Se trataba de una compañía cinematográfica que abriría sus estudios en Londres. No lo pensó dos veces y se presentó a sus oficinas con unos bocetos para decoración para películas mudas que había diseñado precariamente.

Lo que sigue es una carrera ascendente. Empezó como rotulista de filmes mudos, luego le encargaron algunos escenarios y diálogos menores, hasta que se le presentó la oportunidad de codirigir un trabajo menor. Con el tiempo le ofrecerían la dirección de su primera película y empezará una carrera cinematográfica vertiginosa: más de 50 películas a lo largo de su vida, su residencia y triunfo en Hollywood, su estrella en el camino de la fama, y la creación de un estilo que renovó el cine y que desarrolló una manera particular de pensar el sétimo arte.

Sobre su obra hay muchísimo que decir. Son varias las películas que han merecidos numerosas menciones y reconocimientos, y que incluso son tomadas como referentes para el estudio de la teoría cinematográfica. Resulta difícil elegir entre la amplia filmografía de Hitchcok, pero para quienes recién se acercan a este director recomendaremos algunas. Imposible dejar de ver La soga, Extraños en un tren, La duda, Psicosis, Los pájaros y La ventana indiscreta. Todas piezas maestras que contienen la esencia del estilo de este genial director: exponer los conflictos humanos en la pantalla y manejar las cámaras tratando de imitar una mirada atenta y peculiar que sirven de guía al espectador.

Fue, lamentablemente, un 29 de abril de 1980, en que la mirada de Hitchcok se apagó para siempre, estaba en su casa de Bel Air y todo sucedió súbitamente. El maestro del cine padecía de una severa artritis que lo llenó de dolor los últimos años de su vida y que, los últimos días, misteriosamente disminuyó; sin embargo, serían su hígado y sus riñones los que fallarían. Era de mañana y Alfred tenía 79 años y estaba durmiendo, nadie sospecharía que sus ojos nunca más volverían a ver la luz. Incluso en esta hora Hitchcok siguió siendo el maestro del suspenso.