CULTURA. El rol del gestor cultural (Giuliana Catari)

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El Perú es uno de los países más ricos culturalmente hablando –en tanto, su gastronomía, música, danzas y tradiciones representa un capital simbólico en la identidad nacional. Sin embargo, ¿qué tan comprensible resulta hoy el significado de la palabra “cultura” en la política de vida de sus ciudadanos? La apreciación de su etimología como “proceso de cultivo a la persona, sea intelectualmente y en su grado de conciencia para con su sociedad”, parece ser insuficiente en la acepción cotidiana de los peruanos, puesto que su valoración es ajena o solamente válida para spots publicitarios.
En ese sentido, es necesario enfatizar que la “cultura” es un derecho y un servicio connatural al ser humano, es decir: es de la persona humana, por la persona humana y para la persona humana. Por tal motivo, cada actividad realizada en nombre de la “cultura”, debe corresponder a un aporte y crecimiento individual de sus habitantes, al tiempo que visibilice su diversidad cultural. Sin embargo, existen eventos que aunque utilicen espacios de cultura, apuntan al puro entretenimiento y no otorgan calidad de vida y reflexión para el público, confundiéndose el valor de la cultura con el de espectáculo. En este punto, es clave la función del gestor cultural como mediador de la relación entre la sociedad y el Estado, ya que su labor no se limita a la de un crítico o educador que fomenta espacios de cultura, sino contribuye a crear una sociedad que estime la riqueza de su patrimonio, valores y amplíe su visión del mundo a través de la participación de los ciudadanos en proyectos de temáticas cotidianas como discriminación, salud pública, educación, arte, medio ambiente, etc.
Así, el trabajo de un gestor cultural implica un proceso de investigación, diálogo, convocatoria y recojo de iniciativas que derivan en un proyecto, donde exista una visión comunitaria que se corresponde con la de una misión social. Sin embargo, este espíritu de servicio y perseverancia de los gestores culturales, no deben ser ajenos al rol del Estado -en tanto la cultura es un bien público que beneficia a todos los involucrados. El Estado debe instaurar un marco que favorezca el desarrollo de la vida cultural y de sus agentes a través de un incremento de presupuesto como política pública, de forma que la cultura sea accesible y no termine en el baúl de los privilegiados. Para ello, se necesitan evaluar más alternativas de desarrollo que involucren la descentralización de las comunidades más alejadas de la ciudad, replantear los objetivos trazados en el Ministerio de Cultura, construir políticas responsables con las municipalidades, gestionar la creación de más espacios de proyectos y recursos, así como la apuesta de nuevas inversiones privadas.
En consecuencia, es momento de cambiar la labor “altruista2 de los gestores culturales para así alcanzar un equilibrio en la gestión de un bien público como es la cultura.