CRÓNICA. “Evolution On Ice” en Arequipa (Por Johan Cano Valencia)

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(Foto tomada de internet)

Siempre he creído que hay una especie de encanto en ir al circo con los pequeños. En mi cabeza, hay una especie de mito que proclama que ir con niños al circo es marcar un importante momento en sus recuerdos. Por esta razón, cuando me dijeron que debía ir al circo, pensé en llevar, a toda costa, a mis sobrinos conmigo.

Llegamos a la cola mi novia, mi sobrinito, su hermanita menor y yo. Estábamos a punto de ingresar, cuando traté de recordar si en mi niñez había ido con mis padres a ver un espectáculo como este. De inmediato, recordé los payasos, los acróbatas y los fieros leones transitando por el escenario. Entonces, supe el porqué me había alejado tantos años de las carpas sin opción a retorno. Cuando me hice adulto y tuve consciencia, me di cuenta de que los circos estaban equivocados porque representaban una forma de maltrato animal.

Con la duda en el cuerpo, pensé si la decisión que había tomado era un acierto o un terrible error. No quería ocasionar un trauma irreversible a mis inocentes sobrinos.  A punto de entrar, pensaba en lo que el espectáculo nos podía ofrecer y tuve un alivio al notar que esta vez se trataba del circo “EVOLUTION ON ICE” y que lo más seguro es que fuera un espectáculo diferente.

En efecto, cuando transcurrió la función, me di cuenta de lo diferentes que son ahora los espectáculos circenses. Bailarinas, acróbatas, y payasos componen el eje central de todo un elenco de artistas que se armonizan para traernos una puesta en escena totalmente tierna y llena de mensajes. Sin necesidad de torturar a ningún animal, este circo nos demuestra que se puede hacer un show de calidad para niños de todas las edades.

Los personajes centrales son un par de payasitos. Ellos nos servirán de guía para todo el espectáculo y se presentarán siempre con ternura y amistad. Con bromas inocentes y juegos infantiles, nos hacen imposible tener mejor acercamiento a esta figura multicolor y nos muestran claramente que las fobias hacia los payasos tienen su origen en pésimos profesionales que no han entendido bien su trabajo: ser amigos e ídolos de los niños.

La mayor parte de la función está dada por bailes. Las bailarinas, guapísimas, ejecutan una mágica coreografía sobre el hielo que se convierte en una especie de levitación. Punto a parte son los acróbatas, que con gran destreza física nos asombran con cada una de sus piruetas. Todo esto acompañado de un gran juego de luces que, desde el primer momento, captan la vista de los espectadores y orientan la corta atención de los menores, que quedan enganchados y no se pierden del espectáculo.

Lo más difícil de un buen espectáculo es que termine. Ya han pasado casi dos horas de función y todos sabemos que el show debe terminar. Se acerca el final y nuestro amigo el payaso aparece solitario en las tinieblas, sentado con una maleta en su regazo, dispuesto a esperar un tren que lo llevara lejos. No dice ni una palabra, pero al verlo así sabemos que el final está cerca. Incluso en ese momento, nuestro guía histriónico nos prepara para el final y para la despedida. La luz se apaga y luego uno a uno aparecen todos los artistas bailando juntos y alegres en el escenario para mostrarnos que incluso las partidas pueden ser felices. Han querido evitar que los niños se queden con una sensación de tristeza.

Salgo a la calle satisfecho del espectáculo y seguro de que mi decisión fue acertada. Mientras camino en dirección a algún transporte que pueda llevarme a casa, me preocupo porque mis sobrinos estén abrigados y no se resfríen. Estoy contento y seguro de que en el tiempo esta noche perdurará entre sus más preciadas memorias.

Artículo escrito por Johan Cano Valencia, licenciado en Literatura y Lingüística, editor de la sección de cultura de HBA, columnista del diario Sin Fronteras (Arequipa) y profesor de secundaria.